Ya no existes.
Tus vuelos acabaron bruscamente en otras manos inexpertas que creían ser lo contrario.
Me enseñaste a volar con la paciencia de una vieja maestra que deja a su alumno cometer errores para que aprenda a reconocerlos, a corregirlos. Muchas horas intentando que la pista no se moviera, como si estuviera poseida por una extraña vida propia, aproximaciones oscilantes y eses sobre un asfalto antiguo, duro en las tomas con desplome y cuajado de hierbajos. Tu imagen me trae recuerdos asociados a olores, ruidos, sudor, medios mareos, calor, tensión, sonrisas, tembleque de piernas y mucha ilusión.
También, como no, el primer vuelo solo y otros que le siguieron, el examen y un papel que decía que uno era piloto.
Y como medida del tiempo, o mejor dicho, como constancia real de su paso, evoco aquellos diecisiete años de edad, mis granos en la cara, mi timidez casi patológica y el irremediable enamoramiento hacia ti.
Hace ya tanto tiempo …
P.D Te sigo queriendo.
Mario.